
La Distancia de Rescate de los Pueblos Fumigados.
Fernando Cabaleiro
Hay libros que no se leen solamente con los ojos; se leen con el cuerpo. Distancia de rescate, la novela de Samanta Schweblin, pertenece a esa extraña clase de obras. No necesita explicar demasiado; no predica ni declama. Apenas deja que el miedo respire cerca de la nuca. Y en ese murmullo, estructurado como una conversación rota, late la pregunta que atraviesa a todos los pueblos fumigados: ¿A qué distancia empieza el peligro y a qué distancia, todavía, es posible el cuidado?
En la novela, Amanda mide el mundo con una cuerda invisible. Esa cuerda la une a su hija Nina. Y no es precisamente una soga, tampoco una regla y mucho menos una ley; es una forma íntima de vigilancia amorosa. Es la misma cuerda que puedo advertir, con el tiempo, que mi propia madre o abuela han tenido conmigo así como la madre de mis hijos/as con ellos/as. La distancia de rescate es el cálculo secreto que Schweblin descifra y nos revela: cuán lejos puede estar un hijo o hija sin que el mundo se vuelva irremediable; cuánto se tarda en correr hacia él o ella, cuánto tarda el peligro en llegar primero, y cuánto tiempo queda antes de que algo se corte para siempre.
Pero el campo de Schweblin no es bucólico. No hay allí una naturaleza dócil, transparente o inocente, tal como pasa en la realidad cuando uno visita un pueblo rural. Todo lo contrario, hay algo envenenado en el aire del relato; algo que se filtra por debajo de las conversaciones, que brota del agua, de la tierra, y que se instala en los árboles, en los animales y en los cuerpos habitantes humanos de un escenario que seduce por saber del sol, la noche despejada con el cielo estrellado, el rocío de la manana, la humedad penetrante de la noche y el vuelo de las aves, pero que en realidad es una trampa. La amenaza no entra golpeando la puerta ni se anuncia con el estruendo de una catástrofe visible. Es mucho más perversa: se vuelve suelo, aire y agua. Está y no está. Se siente antes de poder nombrarse, tal como sucede con los agrotóxicos.
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Del relato a la realidad: El caso Pergamino
Me tocó aprenderlo en mi labor como abogado ambientalista en los últimos 18 años, desentrañando protocolos de agua, suelos y orina. Esos documentos arrojan números que simulan inocencia, pero que en realidad abren las compuertas de un universo oscuro cuyo horror no se presenta de golpe, sino a través de señales pequeñas: síntomas, silencios y cuerpos que empiezan a saber antes de que la medicina materialice su diagnóstico.
Por eso, Distancia de rescate dialoga de forma tan íntima con el caso Pergamino. No porque una novela deba probar lo que corresponde a un expediente judicial, ni porque la literatura pretenda reemplazar a la pericia, al testimonio, a la muestra de agua o al relato de las víctimas, ya que nunca lo podría. Por eso, la literatura no viene a ocupar el lugar de la prueba; aunque viene a hacer algo mucho más antiguo y perturbador: darle lenguaje a una experiencia que el derecho suele tardar demasiado en escuchar. Soy abogado, puedo dar testimonio de ello, también de mi agotamiento terminal a las formalidades rígidas y perennes que solo obedecen a un dogma procesal deshumanizante.
En Pergamino, durante años, Sabrina Ortiz, Florencia Morales, Alejandra Bianco, Paola Díaz, Erika Díaz, Natalia Mansilla, Silvana Mansilla, Yanina Silva, Isabel Muñoz e Hilda Castañares —entre tantas otras— vivieron confinadas dentro de una pregunta idéntica a la de Amanda:
¿Cuánto falta para que el mosquito pase cerca de la casa? ¿Cuánto tarda el olor en llegar al patio? ¿Qué distancia hay entre una aplicación y la respiración de un niño? ¿Entre el campo de Cortese, Tiribó o Roces y el pozo de agua de la familia? ¿Entre la receta agronómica y la enfermedad? ¿Entre la ordenanza escrita y la deriva invisible que se cuela por la ventana? ¿Entre el negocio de unos pocos y los cuerpos de los demás?
La diferencia es que, en Pergamino, la angustia dejó de ser un presentimiento espectral y se convirtió en un dato irrefutable cuando Sabrina logró acceder a un servicio de salud digno. Fue entonces cuando los cuerpos de Ciro y Fiamma se transformaron en la prueba viviente del daño. El dolor se tradujo en nombres de moléculas halladas donde nunca debieron estar. La médica Verónica Torres no dudó al testimoniar: «El glifosato no debería estar en el cuerpo de Ciro». El agua contaminada y el suelo fumigado revelaron su condición de matriz dispersadora, tal como lo graficó con precisión la perito Virginia Aparicio.
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La traducción jurídica del dolor
Lo que en la novela se presenta como una pesadilla rural, en Pergamino tomó una dimensión judicial inédita. La cuerda invisible del cuidado se materializó en una métrica concreta de protección: 1.095 metros para las aplicaciones terrestres y 3.000 metros para las aéreas. No como una solución definitiva, sino como un freno inicial, un torniquete de urgencia - eso es - ante la locura tóxica de un modelo de producción que contamina y se devora la tierra, y con ello, los cuerpos.
Esa distancia no es un capricho ni una ocurrencia nacida del miedo; es la precisa traducción jurídica de una experiencia colectiva, el aprendizaje doloroso de una comunidad sobre un daño que intentó mantenerse invisible y ya no puede serlo.
Es el momento en que el derecho, por fin, acepta que no basta con invocar la palabra «producción» cuando lo que se hipoteca es la salud pública, ni alcanza con declamar «buenas prácticas» cuando la prueba científica exhibe cuerpos atravesados por la exposición venenosa. La legalidad formal, el ritual de la receta agronómica o el uso de pastillas antideriva se vuelven abstracciones vacías si la vida cotidiana de los barrios y pueblos fumigados fue empujada a convivir con sustancias que nadie pidió, que nadie eligió y que nadie puede controlar.
Aquí radica el quiebre de la novela que me atravesó emocionalmente. En la ficción, Amanda intenta calcular la distancia pero no pudo descifrar ese preciso contacto - tal como se lo describió David - en que los gusanos acometen con el plan que la naturaleza les ha asignado, y esa es su tragedia: nadie calcula por ella, nadie llega antes, nadie convierte su miedo. Nadie le pone un freno a los gusanos.
En cambio, en Pergamino, Sabrina pudo medir la distancia de rescate frente a ese enemigo silencioso porque otra mujer, una médica, le susurró al oído: «Salí ya de ahí». Y lo hizo. La sororidad lo hizo. Hizo también que Sabrina se transformara en un megáfono que despertó al resto de las madres del barrio. Juntas entendieron que la distancia de rescate no puede quedar librada al desamparo del instinto materno, sino que debe establecerse y consolidarse como una obligación del Estado para ponerle un freno a la muerte de un modelo ecocida. O sea, a los gusanos que tanta veces David le mencionó a Amanda.
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Una categoría de supervivencia
La distancia de rescate ya no es solo una bella metáfora literaria; en Pergamino se ha convertido en una categoría de supervivencia. Es el espacio vital que una comunidad necesita para volver a respirar sin veneno.
Quizás por eso la novela duele tanto cuando se la lee desde los territorios fumigados. Porque allí donde Amanda pregunta por su hija, decenas de madres y abuelas —a quienes conocí en veinte años de praxis jurídica ambiental— preguntaron por sus hijos, sus hijas, sus nietos y sus nietas. Pero mientras la ficción nos deja sobre una cuerda tirante entre el amor y la catástrofe, el juicio oral y público de Pergamino demostró que esa cuerda también existe en la realidad, y que se tensa al límite cada vez que un pueblo fumigado debe defender en los tribunales algo tan elemental como el derecho a no ser fumigado.
La literatura no dicta sentencias, pero tiene la capacidad de iluminar la zona moral de las decisiones. Por eso, despojado de cualquier temor al ridículo, recomendé al Tribunal Oral Federal adentrarse en Distancia de rescate —ya sea a través del libro o de su adaptación al cine—, casi como otorgándole la misma fuerza convictiva que posee un antecedente jurisprudencial. Sucede que existe un paralelismo irreductible en el que la literatura me interpeló con mayor rigor que la jurisprudencia más firme: en la novela, la distancia es el cálculo desesperado de una madre ante la intemperie; en Pergamino, debe ser el cálculo responsable de un tribunal, fundado en la mejor ciencia disponible, frente a un riesgo y un daño plenamente demostrados.
La literatura no dicta sentencias, pero tiene la capacidad de iluminar la zona moral de las decisiones. Creo en eso. Por eso, despojado de cualquier temor al ridículo, recomendé al Tribunal Oral Federal adentrarse en Distancia de rescate —ya sea a través del libro o de su adaptación al cine—, casi como otorgándole la misma importancia o fuerza convictiva que posee un antecedente jurisprudencial.
Sucede que existe un paralelismo irreductible en el que la literatura me interpeló con mayor rigor que la jurisprudencia más firme: en la novela, la distancia es el cálculo desesperado de una madre ante la intemperie; en Pergamino, debe ser el cálculo responsable de un tribunal, fundado en la mejor ciencia disponible, frente a un riesgo y un daño plenamente demostrados. La diferencia entre ambas es la distancia que separa al presentimiento de la decisión; a la desprotección de la tutela ambiental oportuna y eficaz; al daño consumado de la prevención. La diferencia, en fin, entre llegar tarde o llegar antes.
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De eso se trata, en definitiva, esta causa. De que la justicia escuche lo que los cuerpos-territorios gritan desde hace años ya sea transformando el miedo en protección como la prueba en un límite impostergable o bien el dolor de las madres en una garantía de no repetición y quizás lo más importante, la impunidad tóxica en condena. En definitiva, que la distancia de rescate deje de ser una cuerda invisible sostenida en soledad por las madres y pase a ser una frontera soberana impuesta por el derecho y sostenida por el Estado.
Sabrina escuchó a a tiempo el susurro sororo de otra mujer, y su voz multiplicó el eco - tambien sororo - en el barrio. Amanda no tuvo esa suerte, pero nos dejó su luz. Su creadora, Samanta Schweblin, resignificó el final de su relato para recordarnos el valor de la acción emancipadora de buscar la verdad. Y cuando la encontras no es cuestión de guardarla, sino de gritarla - con coraje dentro de un Tribunal como en el caso de Pergamino - para que la distancia de rescate se mida y se aplique, sin demoras. Es lo que hizo Sabrina junto Alejandra Bianco.
Sería justicia para ellas, sus hijos/as, para las madres de Villa Alicia y para toda la población expuesta de Pergamino. Y también un poco para Amanda, en representación de todas las Amandas de la vida real (como Florencia Morales y Ana Zabaloy), que en el personaje que le dio vida Schweblin, vinieron a brillar en el preciso momento de cerrar el alegato en el Juicio al Veneno.
Fernando Cabaleiro. Abogado de la parte querellante en la Causa de Pergamino.
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Resumen de la novela Distancia de rescate
Amanda y su pequeña hija Nina pasan las vacaciones en un pueblo rural, donde entablan relación con Carola y su hijo David, quien sobrevivió a una intoxicación (con agrotóxicos) a costa de una transmigración espiritual que lo convirtió en un ser ajeno y perturbador. Toda la trama se articula como un diálogo agónico, febril y de tintes policiales en una cama de hospital, donde un David espectral insta a Amanda a reconstruir sus recuerdos minuciosamente para hallar el punto exacto en el que comenzó la tragedia.
A través de esta evocación, el idilio del campo se revela como un territorio envenenado por agrotóxicos omnipresentes que saturan el agua, el suelo y los animales. La cuerda invisible de la distancia de rescate —el cálculo mental y obsesivo de una madre para llegar a tiempo a salvar a su hija— se tensa hasta cortarse, exponiendo cómo el desastre ambiental anula la eficacia del cuidado individual y condena a los cuerpos a una mutación irreversible ante la ausencia de protección colectiva.
Ficha de la adaptación cinematográfica (2021)
Directora: Claudia Llosa (Guion coescrito junto a Samanta Schweblin).
Elenco principal
María Valverde (Amanda)
Dolores Fonzi (Carola)
Guillermina Sorribes Liotta (Nina)
Emilio Vodanovich (David)
Germán Palacios (Omar)
Guillermo Pfening (Marco)


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