¿Antropoceno? Más bien Capitaloceno.

Entrevista al sociólogo Jason Moore crítico del concepto Antropoceno.

Contextos25/10/2023 Gennaro Avallone y Emanuele Leonardi
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En el debate de la crisis ecológica global, se habla cada vez más del Antropoceno, término resultante de la combinación de las palabras griegas “anthropos” (humano) y “kainos” (nuevo). Este concepto se refiere a la escala global del impacto de la actividad humana en la composición y funcionamiento del “sistema de la tierra”. En su versión más común, la idea del Antropoceno se basa principalmente en consideraciones ecológicas. Esto apunta especialmente a la extinción acelerada de un mayor número de especies, la progresiva reducción de la disponibilidad de combustibles fósiles y el aumento de emisiones de gases de invernadero, incluidos el dióxido de carbono y el metano. Aunque se trata de un fenómeno muy reciente a escala geológica, ha quedado ya bien establecido que la actividad antrópica (es decir, de origen humano) es causa directa de estos fenómenos y ha influido profundamente en las transformaciones del medio ambiente a escala global.

La perspectiva de una “ecología-mundo”, desarrollada por Jason W. Moore, no discute parte alguna de este cuadro desde un punto de vista descriptivo; logra, sin embargo, captar algunos otros aspectos que también están respaldados por algunos datos indiscutibles. El sociólogo norteamericano critica el relato “antropocénico” porque se centra sólo en los efectos de la degradación ecológica. De este modo, se está en realidad descuidando el análisis de las causas de ese deterioro, lo que hace por tanto más difícil identificar a los responsables de la crisis ecológica y buscar soluciones políticas al problema. Por el contrario, debemos ir a la raíz del asunto, reconociendo que el capitalismo, si bien no tiene disposiciones para ser un sistema respetuoso con el medio ambiente, es en sí mismo, inevitablemente, un sistema ecológico.

Visto en este contexto, puede tomarse el impulso hacia la insostenibilidad ambiental por parte del capitalismo como algo ya inherente en la organización del trabajo que apunta a la acumulación ilimitada. Gracias a esta oportuna puesta al día de este concepto contemporáneo, el juego de herramientas teóricas está demostrando su continuada pertinencia, señalando que la coacción forzada del trabajo (tanto humano como no humano), subordinada al imperativo del beneficio a cualquier precio      —y por tanto de la acumulación ilimitada —es lo que está provocando la ruptura del equilibrio del ecosistema. No hablamos entonces del Antropoceno, sino más bien del “Capitaloceno”.

Nos encontramos con Moore en Ragusa [Sicilia], donde Salvo Torre, profesor de la Universidad de Catania, ha organizado un seminario intensivo sobre “ecología-mundo” y la actual crisis global crisis, programado para antes del congreso de Nápoles el 9 de junio con el título “Ecologie politiche del presente”, que incluirá también a otros especialistas académicos también implicados en la investigación de cuestiones de ecología política y conflictos socio-ecológicos. Conversan con Moore Gennaro Avallone (Universidad de Salerno) y Emanuele Leonardi (Universidad de Coimbra).

De acuerdo con su perspectiva, trabajo y naturaleza son dos caras de la misma moneda, sobre todo si se considera la necesidad capitalista de producir grandes cantidades de bienes a un coste cada vez menor. ¿Cómo se constituye la relación, entonces, entre naturaleza barata y trabajo barato?

Mi punto de partida es la consciencia de que el capitalismo no es sólo una práctica de explotación económica del trabajo, sino también —y de modo más fundamental — una forma histórica de dominación que se extiende al trabajo doméstico, el trabajo servil y el trabajo que implica a la naturaleza. En este sentido, el capital siempre tiene necesidad de producir naturaleza barata, con el fin de relanzar continuamente el proceso de acumulación. Esta palabra, “barata”, no se refiere solo a su bajo coste. Debería entenderse más bien como una estrategia abarcadora, en la que la reducción del precio queda subordinada a un deterioro más general, en términos de una dignidad y respeto “menores” asignados a los sujetos dominados: las mujeres, los pueblos colonizados y el medio ambiente. De acuerdo con este punto de vista, el trabajo barato es el único elemento de una  naturaleza que se ve sometida a violencia por el capital, y en la que debería pensarse tanto en términos de una dinámica económica dirigida a rebajar los costes salariales, es decir, el coste, así como el valor, de la mano de obra, así como en términos de un proyecto de expansión del trabajo no remunerado, el cual, aunque se haya vuelto invisible, se produce en el terreno de la reproducción humana.

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En su libro sostiene que en la actual situación económica el capitalismo ha agotado su propia capacidad de producir naturaleza barata. ¿De dónde proviene esta convicción?     

Cada ciclo de acumulación de riqueza ha requerido de al menos cuatro elementos baratos. Estos llamados “cuatro baratos”, que se reducen a los bienes necesarios para la acumulación de riqueza, han sido la mano de obra, los alimentos, la energía y las materias primas. Cada una de las grandes olas de acumulación de riqueza a escala global se ha desarrollado basándose en amplias reconstrucciones de la “ecología-mundo”, que se han centrado en las revoluciones agrícolas. El momento presente es el último en una larga historia de limitaciones y crisis a las que se ha enfrentado el capital. Sin embargo, creo que hoy las condiciones que pueden reproducir esta suerte de proceso ya no están presentes, primordialmente a causa del cambio climático, que tiene el efecto de aumentar los costes y reducir la disponibilidad de cada uno de estos elementos. La naturaleza nos está pasando la factura, y exige el pago de lo que hemos ido extrayendo de ella durante siglos.  

Un flagrante ejemplo reciente de esto lo constituye el coste progresivamente más elevado de la agricultura, tanto en términos de energía como de biología. El consumo de reservas a escala planetaria es tan elevado que, para 2050, las cosechas que se planten rendirán considerablemente por debajo de cualquier expectativa probable del mercado alimentario global. 

Su campo de investigación tiene una dimensión militante explícita. ¿Cuáles son los principales instrumentos de movilización que ofrece esta perspectiva de la “ecología-mundo”?

Mi esperanza es que esta investigación teórica pueda proporcionar conocimientos útiles para los movimientos sociales de todo el mundo que luchan no sólo contra los efectos sino contra las causas de raíz del cambio climático. Naomi Klein ha recurrido a un término muy apropiado, “Blocadia” para referirse a esta zona de conflicto transnacional e itinerante que incluye y vincula en común luchas sindicales, movimientos ecológicos por la justicia climática y movimientos populares de extraordinaria potencia como Black Lives Matter [movimiento norteamericano contra la violencia policial que se ceba en la población negra], Idle No More [movilizaciones de protesta de pueblos aborígenes canadienses] y Standing Rock [nombre de la reserva de los sioux de Dakota centro de las protestas por el paso de oleoductos a través de sus tierras]. Creo que es hora de hacerse la pregunta de cómo podemos construir una contra-hegemonía post-capitalista, lo que podría contrarrestar de modo eficaz las desastrosas políticas medioambientales impuestas por el neoliberalismo.

En el libro que escribí junto a Raj Patel, A History of the World in Seven Cheap Things [Historia del mundo a través de siete cosas baratas] (en italiano Una storia del mondo a buon mercato, publicado por Feltrinelli), tratamos de mostrar algunas indicaciones para alcanzar esta meta y hablamos acerca de la ecología de las reparaciones, que incluye compensaciones monetarias por la deuda ecológica, pero que, por supuesto, no se reducen a eso. Sobre todo, identificamos diferentes formas  de redistribución de riqueza —tanto sociales como medioambientales — igualmente indispensables, así como la reinvención del trabajo más allá de su forma asalariada.  

Al fin y al cabo, ¿quién ha dicho que el trabajo no debería ser otra cosa que un trajín diario y no una alegre forma de compartir? En este punto, es importante ser claro: la revolución ecológica resulta absolutamente incompatible con la llamada “ética del trabajo”, que además no es otra cosa que una dolorosa herencia del colonialismo.

En resumen, no discutimos que se requieren trabajo duro y esfuerzos para producir lo que se necesita para el bienestar social, pero pedimos que el trabajo se haga, en la medida de lo posible, más pleno de sentido y agradable. Por encima de todo,     tenemos la esperanza de que las luchas de las y los trabajadores puedan cambiar radicalmente la actual relación perversa entre trabajo, vida y juego, que el capitalismo está imponiendo violentamente.

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