El cambio ambiental global, la naturaleza y el nuevo mundo.

Apuntes del Agroecólogo Walter Pengue para considerar en el proceso de transición socioecológica que necesita promover un nuevo acto civilizatorio de transformación humana y natural.  

Contextos 14/10/2020 Walter Pengue

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Una especie parásita, con pautas de consumo especialmente irracionales, se expande hoy sobre el planeta…: Es la especie humana. Pensamos que desde siempre, los recursos naturales estaban a nuestra disposición y pasibles de ser explotamos a nuestro gusto y placer. Hemos avanzando con un despilfarro natural sin precedentes. Muchos incluso han negado sustantivamente o vilipendiado la opinión de los científicos del ambiente o los líderes socioambientales en una buena parte del mundo, sobre los riesgos por enfrentar. No lo han tomado en serio, y muchos de ellos, en especial, líderes globales con enorme poder de fuego, han sido negacionistas sistemáticos del grave problema ambiental que la humanidad enfrenta. 

El año 2020 es un año transformador para la humanidad, el ambiente y hasta algunos podríamos enfocar la situación como un posible cambio civilizatorio. Una oportunidad de tomar en cuenta una situación dramática para virar con un duro cambio de timón nuestro modelo de sociedad global depredatorio o por el contrario, sólo uno de los más intensos avisos sobre el aumento de los riesgos a los que se enfrenta la especie humana. Claramente es el principio, del principio. 

 El hecho que enfrentamos es sólo para los ingenuos que aún consideran que la economía, y en especial la desigual y brutal economía actual (sea capitalista, sea comunista - da lo mismo - pues prevalece en sus mentes, consumos y cuerpos, algo tanto o más dañino: el consumismo), puede resolver los problemas de inequidad y consumo que de un lado o el otro del mundo, enfrentamos. Ciertamente que la naturaleza avisa, quizás en forma desigual en una u otra parte del mundo, más o menos dolorosa para unos que para otros. Y a veces, igualando impactos, que atemorizan hasta a los más poderosos. No obstante, los pobres, como en el Titanic, son los primeros que se ahogan, aunque como dice Ulrich Beck, en la “Sociedad del Riesgo”, hay claramente riesgos a enfrentar que nos igualan un poco más. 

Lo que no pudo lograrse con los alertas tempranos de muchos científicos, sobre la pérdida de biodiversidad y su “importancia por salvarla” en beneficio de la propia humanidad, o los desmesurados efectos del cambio climático, entre inundaciones, sequías y hambrunas locales o regionales sin importancia para el globo, lo logró una microscópica entidad patogénica, emergente desde dentro de esta inmensa diversidad ecosistémica que tenemos en la tierra y que prácticamente nadie valora o pondera en su importancia.  Hasta ahora.  

En forma completamente inédita, merced a esta bomba biológica que nos encontró peleando en diferentes guerras regionales, o por acumular dinero o explotar a otros u al ambiente, o por como negociamos una injusta deuda odiosa o deuda externa, el impacto global sobre la humanidad ha paralizado prácticamente tanto estas como todas las otras actividades no sólo económicas sino sociales, culturales y cualquier tipo de relación humana que nos llevara a una distancia mayor que a la puerta de nuestras propias casas (para aquellos que cuentan con una) o prácticamente abandonados a su suerte, a las legiones de parias de nuestro mundo, desde los migrantes globales a los sin techo del Sur global. 

La mayor crisis contemporánea de la humanidad, es claro que está amenazando la forma en que el hombre se presenta y parará de aquí en más sobre la tierra.  O sus cambios o continuidades, cada día más cerca de un precipicio que algunos, en especial, recién empiezan a prestar la debida atención que siempre tuvo que tener. No es un mundo utópico, sino distópico que para ellos era lindo ver en las películas. Pero sí la ciencia ambiental, desde la complejidad, avisó.  Quizás algunos en forma colateral o poco considerada fueran escuchados.  Una oportunidad para que sean atendidos y ayude a salir de esta distopía global con una sociedad ahora, quizás, algo más atenta.   

El cambio ambiental global y el cambio climático - que asumimos ambos derivados de las brutales presiones antrópicas sobre nuestro globo y que han cuajado este año, en la más poderosa pandemia del mundo postmoderno - han puesto a la luz la fragilidad humana y la debilidad de una sociedad que ha puesto en el dinero y su acumulación a una de sus principales deidades.  

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Existen claramente factores que la ciencia viene avisando tempranamente sobre los impactos seguros y dramáticos daños que enfrentan tanto el hombre, las otras especies y el propio ambiente. Impulsores directos como el cambio de uso del suelo y el mar, la sobreexplotación directa de los organismos, la pérdida de la biodiversidad, el consumo inusitado de nutrientes sintéticos, el cambio climático, la contaminación agroquímica e industrial hasta las bioinvasiones, son el resultado de una serie de causas sociales subyacentes y presiones económicas por producir y consumir, los verdaderos promotores de estas transformaciones.  Una economía podrida, en una nueva era: el Antropoceno.

Ellas son cuestiones demográficas que nos llevan a desplazamientos globales y regionales con una dinámica de la población humana inusitada y desesperada, el consumismo desenfrenado y hasta exótico, llevando patrones de consumo de una a otra parte del globo,  presiones económicas y flujos comerciales gigantes que alteran el metabolismo social mundial y  que no contabilizan ninguno de los costos ambientales que generan (llamadas externalidades en la economía ecológica), transformaciones tecnológicas que distorsionan la capacidad humana para bien o para mal, alteraciones en la gobernanza internacional, conflictos bélicos, étnicos y religiosos crecientes y una emergencia de epidemias inusitada (Ver Diagrama más adelante. Procesos vigentes de deterioro de la naturaleza en el mundo con énfasis en pérdidas de biodiversidad).  En este último punto, al igual que como con otras cuestiones, la intensidad y recurrencia de epidemias se intensifica, el mundo reacciona y estas vuelven a atacar cada vez más ferozmente.  Esa intensidad ha sido coronada en este 2020 con una pandemia global derivada del virus de Wuhan (SARS-CoV-2, o COVID-19), que ha ralentizado la economía mundial a niveles más bajos que de los de la propia segunda guerra mundial.  Y cuyo futuro, si quisiera “recuperarse” para seguir con lo mismo, ni siquiera se sabe o conoce. Varias veces se avisó, pero en 2016 ya el PNUMA fue claro, cuando elevaba sus alarmas para poner el foco sobre las epidemias zoonoticas especificando que el 75 % de las enfermedades infecciosas emergentes en humanos son de origen animal y que dichas afecciones están estrechamente relacionadas con la salud de los ecosistemas. Una nueva cada cuatro meses…Y una capacidad de mutación y adaptación a ambientes y cuerpos muy llamativa.  

Un virus que - como otrora pasara previamente, por uno u otro medio, con el Ébola en África, el Marburgo, el SARS (Síndrome respiratorio agudo severo), el MERS (Síndrome respiratorio de Medio Oriente), la fiebre del Valle del Rift, el virus del Nilo Occidental, la gripe aviar, la gripe por el virus H1N1,  – era dejado en este caso,  como un rastro de un murciélago en sus excrementos sobre un follaje y consumido por un animal salvaje - posiblemente un pangolín que se alimenta de hormigas - llega a través de nuevas pautas de consumo irracional de los humanos (orientales u occidentales), a los mercados de carne de una modernísima ciudad china.  

Cambios en algunas pautas alimentarias de ciertos segmentos de altos ingresos, búsquedas de sofisticaciones nutricionales o nuevas delicatessen,  o hasta de algunas medicinas tradicionales que utilizan partes de animales salvajes para sus curaciones (desde tigres, osos, rinocerontes, pangolines, murciélagos, perros, gatos, elefantes y hasta varios otros bichos silvestres (o criados en cautiverio en granjas ilegales) y no tanto), alteran de alguna forma, ritmos naturales en los cuales tampoco deberíamos incursionar. 

Por un lado destruimos espacios y por el otro, traemos nuevos elementos hacia nuestros propios entornos. Y hasta dentro de nuestros propios cuerpos.  Una coevolución de especies que en varios otros casos, evolucionó en el ostracismo selvático más profundo y que ahora empuja a alguna que otra especie, que a veces exitosa, encuentra un plato mundial de carne humana servido como nunca antes se ha visto en la historia.  La humanidad a través del HANPP – como decíamos en el Mensaje desde la Dirección - se está apropiando de prácticamente la mitad de la biomasa planetaria. Cada vez queda menos “comida”, para las otras especies y mucho para un hombre que no para. 

No es esta nuevamente, una maldición divina ni una consecuencia natural, sino que claramente conforma una reacción de la naturaleza a estas enormes demandas de recursos naturales (tierras, suelos de calidad, agua y recursos biológicos), generadas por las pautas de consumo irracional de una civilización irresponsable (o al menos de una parte de ella).  La apropiación humana de la biomasa global, de la biodiversidad y de los suelos y los cambios producidos en el uso de la tierra y el mar y su explotación directa, representan más del 50 % de los impactos mundiales en la tierra, en el agua dulce y en el mar. Literalmente nos estamos comiendo la mitad de los recursos del planeta, dejando a todas las otras especies sin “su plato de comida”, casi sin recursos y obligándolas a salir de su medio natural hacia el humano, creando nuevos neoecosistemas donde se alojan, perviven y se vuelven a adaptar a nuevos medios desde espacios macro a microecosistemas como los encontrados en nuestros propios cuerpos o los de otras especies.  El ritmo del crecimiento económico mundial, algo que preocupó desde siempre a la economía norteamericana, como a la china o la europea, ha sido más acelerado que la propia expansión de la especie humana. Mientras entre 1950 a 2010 el PBI mundial pasaba de 10 a 80 trillones de dólares, y la población humana lo hacía desde los 3.000 a los más de 7.000 millones, lo que equivale a decir que mientras la economía global se multiplicaba casi ocho veces, la población del mundo solamente se duplicó. Es claro que el problema responde al estilo consumista de esta sociedad global. La materialización del sistema económico mundial es un hecho. Y todos los recursos para alcanzarlo provienen de la naturaleza.  Los datos del Departamento de Estudios Económicos y Sociales de las Naciones Unidas informan que la población mundial se proyecta a los 8.600 millones para el año 2030. Las previsiones siguen rondando llegar a 9.800 millones para 2050 y a 11.200 para 2100. Sin contabilizar los efectos de pandemias globales, actuales o futuras a esa fecha.      

La tendencia indica que se continuaría, a un ritmo de aproximadamente 83 millones de personas más cada año, pese a una disminución constante de los niveles de fertilidad. Las nuevas proyecciones indican, por ejemplo, que China e India  siguen siendo los países más poblados, pero cerca del año 2024, la India superará a China, mientras que entre los diez países con más población, Nigeria es el que está creciendo a una mayor velocidad. Por ello, se estima que Nigeria superará en este aspecto a Estados Unidos antes de 2050. De una parte del mundo una población envejecida y con recursos económicos, del otro lado, una población joven, condicionada todo lo que puede al consumo pero con expectativas de vida, totalmente diferentes.

  En la escala global, en el 2018 el Atlas de la Desertificación, informaba sobre una presión sin precedentes sobre los recursos naturales del planeta. Más del 75 % de la superficie terrestre ya se encontraría degradada y podría aumentar a más del 90 % hacia 2050. A este paso, no quedará nada. Cada año, la humanidad se come el equivalente a la mitad del tamaño de una Unión Europea (4,18 millones de km²). Los números alertan también, que la mayor parte de la degradación se producirá en la India, China y el África subsahariana, donde el deterioro de los suelos podría reducir a la mitad, la producción de los cultivos, un fenómeno que también está ocurriendo en América Latina y el Caribe. Esta civilización, es una civilización energívora.

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Diagrama. Procesos vigentes de deterioro de la naturaleza en el mundo con énfasis en pérdidas de biodiversidad Fuente: IPBES 2019                

 Increíblemente es que no se sepa en el común social, que tanto la agricultura y el sistema agroalimentario son dos factores transformadores poderosamente de la naturaleza en especial en lo que concierne al cambio de uso del suelo. Y que es esta transformación, la que sucede cuando avanza la frontera agropecuaria tanto sobre los bosques de América Latina, África y Asia. Esto genera una presión interna sobre las otras especies que o las hace desaparecer o las lleva hacia otros sistemas cuando su capacidad de adaptación lo permite (simple darwinismo). 

Este avance de la frontera agropecuaria, es empujado por una brutal ola de consumo sostenida por la agricultura y ganadería industrial.  Sistemas que utilizan para su producción una carga enorme de químicos, antibióticos y una pléyade de insumos para mantener una producción de granos y carnes, insostenible.  El ganado a menudo sirve como un puente epidemiológico entre la vida silvestre y los humanos, como fuera en el caso de la gripe aviar. Los patógenos primero circularon de aves silvestres infectadas a aves de corral y de ahí a los humanos. 

La proximidad a diferentes especies en mercados húmedos, el tráfico legal en algunos países e ilegal en otros, de animales silvestres y pautas de consumo complejas, a veces facilitan la transmisión de los animales a los humanos, en además, una concentración inédita de granjas industriales, mercados y capacidad y velocidad de transporte tanto de animales como de personas, de una parte a otra del mundo. 

En América Latina, la transformación de recursos naturales es notable. En Argentina, entre 1970 y 2009 la extracción de materiales pasó de 386 millones a 660 millones de toneladas, con una tasa de crecimiento superior a la de la población del país. Esto significa que el aumento en la extracción de materiales no está impulsado por el consumo doméstico (interno en sí mismo) sino fundamentalmente por la exportación de commodities (agricultura, forestal, ganadería, energía y minería). En comparación con otros países exportadores de la región, Argentina tiene la mayor extracción de materiales per cápita: 16.46 toneladas por persona. Colombia tiene un extracción per cápita promedio de 8.3 ton/cap y Ecuador de 7.4 ton/cap. Arrancábamos en la Argentina el año de una manera un poco distinta y con un cambio de prioridades que nos llevaban a volver la mirada sobre los graves problemas de malnutrición en algunos sectores de nuestro país.  Lejos está Argentina ahora mismo y el mundo que ciertamente acompaña, de los objetivos del desarrollo sostenible (ODSs) en especial, del primero y el segundo, estos son los de las luchas contra el hambre y la pobreza extrema.  

En cuanto a la biomasa, América Latina es un gran productor y exportador. La biomasa representa el 70 % del flujo material que exportamos, y se compone en un 71 % por las pasturas y alimentos para el ganado, en un 2 % por pesca y extracción maderera y en un 27 % por cultivos. Entendemos por biomasa a todos los elementos producidos tanto por la agricultura (granos, piensos), como por la ganadería (carnes, huevos, leche), la producción forestal o la horticultura o fruticultura por ejemplo. 

Pero lo que el mundo no ha comprendido hasta ahora, es que para producir esta biomasa, se necesitan muy importantes volúmenes de recursos naturales, en especial, suelo, agua y recursos genéticos.  Cuando exportamos una vaca, exportamos todo lo que ella consumió y se va con ella. Es mucho más que el peso exportado. El caso del suelo es muy importante en tanto, el cambio de uso del suelo como lo hemos dicho inicialmente, es uno de los factores que mayor presión producen sobre los ecosistemas naturales.  El cambio es dramático.  Pero a veces, los números de la agricultura pesan por encima de la caja de ahorros natural que existe. La huella ecológica, es decir, la cantidad de tierra necesaria para satisfacer las necesidades básicas y no básicas de cada persona, crece radicalmente.  Cada uno de nosotros, utiliza al menos dos hectáreas y media (¡sí! Ud., yo y sus consumos, necesitan al menos de dos hectáreas de tierra o mucho más) para satisfacer sus necesidades.  Si dividimos la superficie disponible de unos 14.000 millones de hectáreas disponibles por los más de siete mil millones de humanos que somos, nos es claro, que nos estamos comiendo el mundo. Y esto es imposible de soslayar.  Cada año, somos menos planeta…      

A ello sumamos como decimos, la enorme, brutal cantidad de materiales que moviliza la economía, que expolia muchas veces, la economía de la naturaleza.  Cada material que hoy tenemos entre manos – computadora, celular, mochila, automóvil, etc., etc. –necesita de ingentes cantidades de materiales. El celular que Ud. tiene, necesitó más de dos toneladas de materiales para producirlo. Aunque este, esté ahora en sus manos y pese tan solo cien a doscientos gramos. 

Nuestros hábitos están cambiando en todo sentido. La alimentación es uno de ellos y con ello generamos transformaciones enormes sobre todo el sistema. Los cambios en los hábitos alimentarios, de dietas insostenibles o nutricionales deficitarias presionan por proteína animal (carnes de todo tipo, leche, huevos y demás) de manera consistente, donde en algunas partes del mundo estamos pasando velozmente de la civilización del arroz a la civilización de la carne. Hemos llamado a esto, la “Batalla por la Proteína”, hace ya más de una década.  Todo un tema que hace competir a países y corporaciones por más tierra en todo el mundo…

Por otro lado, la crisis económica y social abierta por el coronavirus, que ha ralentizado el consumo de recursos naturales y disminuido drásticamente las emisiones contaminantes dio cuenta de la desaparición por un tiempo al menos, de esta economía marrón contaminante y autodestructiva, por un mundo más limpio y hasta más habitable, en especial para las otras especies.  Los primeros datos muestran una limpieza y autodepuración y recuperación de cuerpos de agua, mejora de la calidad del aire y algunas otras restauraciones menores. Evidentemente la crisis social puede también ser una enorme oportunidad transformadora de cambios para lo que ha sido más degradante en producción y empleos contaminantes y explotadores, por otros verdes y nuevas miradas sobre el trabajo y sus formas, a través de la innovación ambiental, la recuperación socioambiental y la concretización de la vida.  Pero es claro que para este proceso, debe haber un cambio intenso en las relaciones sociales y económicas y equidades humanas entre congéneres que explotan tanto o más que a la propia naturaleza. Volver a lo mismo sería un error que se pagará con mayor impacto y recurrencia proveniente de la naturaleza, hasta la desaparición de la actual civilización. De seguir así, es ya claro, que esta no será eterna.  Es imposible hablar de sostenibilidad. 

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No podemos olvidar que por otro lado esta civilización de algo de lo que no ha adolecido, es de ciencia y tecnología. Es la era del conocimiento. Pero quizás no, de la sabiduría.  Conocemos minuto a minuto lo que va pasando, se controla masivamente a miles de millones de humanos a través de dispositivos móviles, se coartan libertades individuales en pro de un aparente bien común y no es una cuestión menor, que además se ponen en riesgo avances democráticos a los que se llegó con grandes esfuerzos en el mundo democrático, sean estas democracias reales o virtuales aún.  Todo ello bajo el argumento de la seguridad y el aumento de medidas y aprovechamientos de control social de las masas, a través de medidas dictatoriales o autoritarias, con lo que ello implica en todos los sentidos.  

La sociedad en función del limitado conocimiento existente puede elegir un camino u otro, aprender de lo vivido y quizás, buscar impulsar transformaciones no solo en el uso de los recursos naturales sino de nuevas formas de gobernanza democrática y social, con una nueva mirada sobre los rotundos cambios que nos pueden alejar de nuevas y aún más riesgos hacia riesgos de nuevas pandemias, epidemias, cambios ambientales, climáticos o riesgos tecnopatogénicos aún desconocidos o, seguir en la misma. Como en apariencia algunos gobernantes han priorizado la vida, y la salud estaría teniendo más preeminencia - al menos por un tiempo - por encima de la economía.  Y allí quizás tengan algunas sociedades la oportunidad de mirar hacia la inestabilidad, fragilidad y vulnerabilidad de su sistema socioeconómico e ir hacia una búsqueda de una transición socioecológica que le dé a una nueva humanidad al menos una oportunidad de realizarse plenamente. 

La crisis biológica, social y ambiental que enfrentamos puede o no, ser una oportunidad. Un cambio de miradas, de nuevas formas de trabajar y del hacer, de transformaciones transcendentes en la economía tanto nacional como global, que nos permitan la oportunidad de avanzar hacia otro enfoque de civilización.  La ciencia ha venido avisando sobre los enormes costos que iría a enfrentar la civilización de no cambiar sus formas de producción, consumo y su propia economía. 

Pero también es claro, que la mirada convencional de la ciencia sobre los problemas ambientales han sido limitados y hasta sesgados.  Es más, hoy nuevamente frente al problema de la pandemia, la expectativa solamente radica en la creación de la nueva vacuna. Ciertamente que la habrá. Cuestión de tiempo. Salvará algunas vidas, quizás hasta las nuestras. Pero de no cambiar las miradas, la intensidad y recurrencia de los impactos ambientales serán cada vez más duros. Hasta llevarnos al agotamiento. 

Por ello es imprescindible - como científicos - mirar más allá y analizar la cuestión desde la complejidad. Hace unos años, un querido filósofo argentino emigró obligadamente hacia otros destinos, corrido por la dictadura militar. Se trataba de Silvio Funtowisz. Y fue en Europa, junto con Jeremy Ravetz, donde pudo pensar y desarrollar el concepto de la ciencia postnormal. Tanto para enfrentar los relevantes problemas de los nuevos desarrollos tecnológicos (energía nuclear, biotecnología, nanotecnología, nuevos materiales, geoingeniería y otros), como de los serios impactos ambientales empujados por impactantes acciones humanas, donde el riesgo enfrentado - que veces llega directamente hasta la incertidumbre - y los niveles de decisión son elevados y de alto impacto social, económico y ecológico, hacen imprescindible una nueva mirada desde la investigación académica y los criterios abordados (Ver Figura Ciencia Postnormal). La ciencia postnormal no promueve hacer menos ciencia, sino por el contrario es más y mejor ciencia, con además, una relevante participación de la sociedad. Cuando los niveles de decisión son trascendentes y los niveles de riesgo –o hasta la incertidumbre - son elevadísimos, es claro que con la ciencia normal, es imposible enfocar con claridad el problema.  En estos tiempos de nuevos virus y pandemias y otras transformaciones globales, la perspectiva de una nueva mirada de ciencia puede ayudarnos a pensar cuestiones relevantes a las que hasta ahora, no habíamos prestado relevante atención. 

Como en la Guerra de los Mundos de Orson Wells, una maravillosa adaptación de la novela de Herbert Wells (1898), un pequeño enemigo derrotaba al enemigo más brutal que despiadamente atacaba a la especie humana. Hoy en día, el impacto que todos esperaban en una tercera guerra mundial (que no descartamos igualmente), lo dio un instrumento biológico invisible que aniquiló la economía del año y cuyas tendencias desconocemos.  Y hoy de manera igualitaria, la humanidad tiene el enorme poder de transformar el ambiente global como también quizás, no muy reflexivamente, crear nueva vida. Nuestro poder científico es muy grande. Y necesita ser claramente equilibrada. La biología sintética y la necesidad de experimentar una bioética de la investigación en situaciones complejas se hace obligatoria. Sea que el virus de Wuhan ha emergido por nuestras presiones por el entorno natural o hábitos de consumo extravagantes, sea que ha salido fortuitamente, de un laboratorio de biotecnología en la misma ciudad que experimentaba en niveles de Bioseguridad 4 –  bajo controles algo laxos, según informan algunos biotecnólogos muy reconocidos - el daño no es un castigo de la naturaleza sino el emergente por acción u omisión de gestos claramente humanos. 

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Evidente, que todo el proceso que venimos enfrentando, amerita nuestra reflexión. Quizás podamos pensar colectivamente en estos tiempos complejos por transformaciones relevantes que igualen las oportunidades de una sociedad global tremendamente desequilibrada. 

Es una oportunidad para cambios de fondo y no cosméticos. Ojalá la sociedad global y nacional estén a la altura para esta transición socioecológica, pues es claro que los liderazgos globales no lo han hecho, no lo harán y no están capacitados para hacerlo. Una oportunidad como decimos vulgarmente, de barajar y dar de nuevo.  Y de cambio de timón de norte a sur. Los vientos de cambio y una sociedad despierta quizás puedan hacerlo, desde la construcción de poder desde otro lado, desde las bases sociales, empezando por los que han sido golpeados recurrentemente por la economía, del color que sea, pues como decía Albert Einstein: “Los problemas significativos que enfrentamos no podremos resolverlos con la misma escala de pensamiento que teníamos, cuando los creamos…”.

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Los datos y reflexiones,  aquí tratados se apoyan en información derivada de Sociedades Científicas como ISEE, artículos y libros de Economía Ecológica del propio autor, datos estadísticos de organismos de Naciones Unidas con las que labora como Naciones Unidas Ambiente, CEPAL, TEEB, IPBES, UNESCO, FAO u OMS, sumados a algunos últimos papers publicados como los más recientes en Nature, Nature Medicine, organizaciones de reconocido prestigio internacional como la FHB, FoE, CLACSO, Greenpeace y otros.    El documento es una reflexión para explorar asimismo tendencias y líneas de investigación que ayuden a pensar al equipo como a otros colegas, sobre la importancia de mirar la situación y el aporte de la ciencia desde una mirada integral, desde la complejidad, holística, de ciencia postnormal y acompañe al proceso de transición socioecológica que necesita promover un nuevo acto civilizatorio de transformación humana y natural.  

Reflexiones hechas en Abril de 2020, Mes de la Cuarentena por “La Peste”, en Muñiz, Buenos Aires, Argentina. En El sur del Sur del mundo…  

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Este material, como documento de extensión, fue publicado inicialmente en la REVISTA FRONTERAS del GEPAMA FADU UBA, disponible en el Repositorio de la Universidad de Buenos Aires. Se permite y agradece su publicación en la Revista Digital de NATURALEZA DE DERECHOS, Año 0, Número 2. Walter Pengue.

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